La pesadilla se volvía un sueño y viceversa.
Cayó de la cama, transpirado. Abrió los ojos al primer contacto de su cuerpo con la alfombra. Miró a su alrededor. Vió una habitación que no podía reconocer. Le pareció reconocer un perfume que había en el aire, pero no pudo reconocer la habitación.
El olor del perfume era bastante fuerte. Podía reconocer el olor, pero no podia descifrar a quien le recordaba...
Se levantó y se miró un moretón que le empezaba a crecer (producto de la caida). Caminó hasta una ventana. Al correr la cortina vió un bosque. No recordaba estar en un bosque, pero no le llamo la atención, ya que tampoco recordaba la habitación en la que habia despertado bruscamente.
El perfume le volvió a invadir la nariz, la boca. Tuvo nauseas, se sentó en una silla de madera que habia contra la pared. No podía recordar la huella mnémica que le traia aparejada aquel perfume.
Estuvo sentado en aquella silla durante horas. La mirada perdida, su mente esforzandose por recordar la conexión en su memoria con ese olor. De pronto, un ruido. Un motor que se acercaba, llegaba junto a la casa, se apagaba. Asomandose por un costado de la ventana, protegido por la cortina, pudo ver que de una vieja Ford 100 bajaban dos hombres. Uno de ellos, el que manejaba, llevaba un escopeta en su mano, el otro pelaba una manzana con un cuchillo, y se llevaba pedazos a la boca. El hombre que miraba desde el intrior de la casa, comenzó a temblar, corrió la cortina y corrió hasta la habitacion en donde habia despertado. Buscó desesperado un lugar para esconderse. Escuchó que una puerta se abria y se metió sin pensarlo dos veces dentro de un ropero que habia junto a la puerta de la habitacion. Al cerrar la puerta del ropero, escuchó una botella que se rompia y empezó a oler nuevamente el perfume que le habia traido las nauseas. Pudo reconocer el olor, inteso, penetrante, acido... "Cloroformo" pensó, antes de quedarse dormido.
Cayó de la cama, transpirado. Abrió los ojos al primer contacto de su cuerpo con la alfombra. Miró a su alrededor. Vió una habitación que no podía reconocer. Le pareció reconocer un perfume que había en el aire, pero no pudo reconocer la habitación.
martes, 22 de enero de 2008
viernes, 18 de enero de 2008
Cierto tipo de mono en La Paz
*Me sorprendi bastante pero rapidamente supe que era un mono y ese mono estaba recitando misa en Latin, con su Biblia apuntaba a la cruz de la Iglesia frente a la cual estaba arrodillado.
Era martes a la noche, y se lo veia feliz de poder dar misa a las unicas y verdaderas creyentes, unas microgotas de garua paceña que juraron incorruptibles y eternos votos de silencio.
Los utencillos de misa estaban cuidadosamente guardados en bolsas de residuos, se notaba una dieferenciacion por colores bastante prolija.
Se lo veia muy compremetido a su jurisdiccion, aferrado al baldoson y siendo parte de un acto de verdadera fe cristiana en calle Yanacocha.
Alguien deberia avisar al Vaticano y nombrarlo Monseñor.
*es sabido que es una actitud muy extraña la verdadera fe en los monos, tambien resulta extraño encontrar animales tan rapaces en una ciudad como La Paz donde habitan tantos dromedarios.
El misterio de los monos de Buenos Aires se extiende recordando que en las cazas y persecuciones de monos del siglo pasado los monos porteños han escapado a variados rumbos y han tomado caminos poco usuales en tanto a su forma de desarrollo .
Era martes a la noche, y se lo veia feliz de poder dar misa a las unicas y verdaderas creyentes, unas microgotas de garua paceña que juraron incorruptibles y eternos votos de silencio.
Los utencillos de misa estaban cuidadosamente guardados en bolsas de residuos, se notaba una dieferenciacion por colores bastante prolija.
Se lo veia muy compremetido a su jurisdiccion, aferrado al baldoson y siendo parte de un acto de verdadera fe cristiana en calle Yanacocha.
Alguien deberia avisar al Vaticano y nombrarlo Monseñor.
*es sabido que es una actitud muy extraña la verdadera fe en los monos, tambien resulta extraño encontrar animales tan rapaces en una ciudad como La Paz donde habitan tantos dromedarios.
El misterio de los monos de Buenos Aires se extiende recordando que en las cazas y persecuciones de monos del siglo pasado los monos porteños han escapado a variados rumbos y han tomado caminos poco usuales en tanto a su forma de desarrollo .
miércoles, 16 de enero de 2008
Carta
Carta del doctor Darío Serrano.
Buenos Aires, jueves 17 de Enero de 1983.
Señor Francisco Santoro.
Estimado Francisco:
Hoy no queria escribirle. Pero una cuestion de casualidades me obligó a hacerlo.
Camine por el Cementerio de la Chacarita (ingresando por una de las entradas laterales, la de Newbery) y salí por la puerta principal, caminando por Lacroze hasta Forest. Doble. Vi los colectivos 65. Vi una plaza en memoria de un tal "Santoro", desaparecido durante la epoca del "proceso". El desaparecido es usted mi estimado. Quizas la guerrilla en tierras bolivianas lo hayan secuestrado o seducido. Quizas luzca usted ahora un pañuelo sobre su rostro, un pañuelo que emule al sub comandante Marcos. Quizas este usted tomado como rehen por algun grupo "subversivo" (que palabra tan polisemica). Lo cierto es que aquel Santoro que cedió su nimbre a una plazoleta de Colegiales, no esta mas presente ni menos ausente que usted.
A juzgar por lo que su padre me dijo al telefono, su paradero es realmente incierto. Lo poco que pudo decirme es que cree que ya el dinero deber ser poco (menos de 40 monedas de cobre), razon por la cual se veria usted obligado a volver a su pais, a su ciudad, a su barrio de Colegiales y a su calle (avenida) Forest, con sus plazoletas y sus colectivos 65. Espero que la guerra entre monos y elefantes en Bolivia no haya afectado seriamente nuestros intereses de publicaciones surrealistas.
Aqui el calor es insoportable. El escritorio sobre el cual le escribo estas lineas refleja la poca luz que alumbra un atardecer que acusa las 9 de la noche (21 horas). Cada vez son mas las ballenas blancas que se acercan hasta la costa, cada vez son menos las que preguntan por usted, mi estimado Francisco, en forma de sonidos agudos e irreproducibles en la oscura noche del Rio de La Plata.
El Banco Rio fue derrumbado (aquel nuevo banco de carteles rojos tambien). Los adoquines de la avenida del Boulevard de los Inkas se convirtieron en oro, pero ya a nadie le importa el oro, debido a que los bancos (derrumbados) no pueden convertirlo en gruesos billetes con la cara de algún "Pro-cer" norteamericano...
Bolivia debe lucir esplendida, mi compañero, sin animos de ofender. El salar de Uyuni, el mercado de Oruro, las largas escalinatas de La Paz, la costa del Titicaca en Copacabana... tantos recuerdos vienen ahora a mi mente. Pero ninguno como el del 65, rabiando y resoplando como un elefante, mientras avanza embisitendo el aire caliente de la Avenida Forest, doblando en Federico Lacroze, y pasando (mirando de reojo) por la puerta principal del cementerio.
Quiero preguntarle:
—¿Está usted en Bolivia, doctor Francisco Santoro?
Muy sinceramente.
Darío Serrano.
Buenos Aires, jueves 17 de Enero de 1983.
Señor Francisco Santoro.
Estimado Francisco:
Hoy no queria escribirle. Pero una cuestion de casualidades me obligó a hacerlo.
Camine por el Cementerio de la Chacarita (ingresando por una de las entradas laterales, la de Newbery) y salí por la puerta principal, caminando por Lacroze hasta Forest. Doble. Vi los colectivos 65. Vi una plaza en memoria de un tal "Santoro", desaparecido durante la epoca del "proceso". El desaparecido es usted mi estimado. Quizas la guerrilla en tierras bolivianas lo hayan secuestrado o seducido. Quizas luzca usted ahora un pañuelo sobre su rostro, un pañuelo que emule al sub comandante Marcos. Quizas este usted tomado como rehen por algun grupo "subversivo" (que palabra tan polisemica). Lo cierto es que aquel Santoro que cedió su nimbre a una plazoleta de Colegiales, no esta mas presente ni menos ausente que usted.
A juzgar por lo que su padre me dijo al telefono, su paradero es realmente incierto. Lo poco que pudo decirme es que cree que ya el dinero deber ser poco (menos de 40 monedas de cobre), razon por la cual se veria usted obligado a volver a su pais, a su ciudad, a su barrio de Colegiales y a su calle (avenida) Forest, con sus plazoletas y sus colectivos 65. Espero que la guerra entre monos y elefantes en Bolivia no haya afectado seriamente nuestros intereses de publicaciones surrealistas.
Aqui el calor es insoportable. El escritorio sobre el cual le escribo estas lineas refleja la poca luz que alumbra un atardecer que acusa las 9 de la noche (21 horas). Cada vez son mas las ballenas blancas que se acercan hasta la costa, cada vez son menos las que preguntan por usted, mi estimado Francisco, en forma de sonidos agudos e irreproducibles en la oscura noche del Rio de La Plata.
El Banco Rio fue derrumbado (aquel nuevo banco de carteles rojos tambien). Los adoquines de la avenida del Boulevard de los Inkas se convirtieron en oro, pero ya a nadie le importa el oro, debido a que los bancos (derrumbados) no pueden convertirlo en gruesos billetes con la cara de algún "Pro-cer" norteamericano...
Bolivia debe lucir esplendida, mi compañero, sin animos de ofender. El salar de Uyuni, el mercado de Oruro, las largas escalinatas de La Paz, la costa del Titicaca en Copacabana... tantos recuerdos vienen ahora a mi mente. Pero ninguno como el del 65, rabiando y resoplando como un elefante, mientras avanza embisitendo el aire caliente de la Avenida Forest, doblando en Federico Lacroze, y pasando (mirando de reojo) por la puerta principal del cementerio.
Quiero preguntarle:
—¿Está usted en Bolivia, doctor Francisco Santoro?
Muy sinceramente.
Darío Serrano.
martes, 25 de diciembre de 2007
Renault 12
Cuanta tranquilidad la de la noche, las estrellas ni titilaban, manejaron mas de 5 horas callados, un frió que congelaba y un intranquilidad inmensa.
No se confiaban mucho pero esa información era lo único que les quedaba.
De acompañante y con la frente pegada a la ventana helada viaja Tal, cautivado por lo hondo de la provincia de buenos aires empeñaba el vidrio con su neumónica respiración y nublando la vista veía como se agrandaba y como se achicaba su aliento en las heladas estrellas. Sobre el todo o sobre la nada, su frente ejercía cada vez mas presión sobre la ventana, mordía un botón de su montgomery y se regodeaba de lo cómodo que estaba, no le importaba la duración de lo que podía ser el viaje, creía poder permanecer sin moverse mas de diez horas.
El Renault 12 iba liviano como quien no lleva nada. No lleva nada. Iba e iba siguiendo la doble línea amarilla, surcando sin comprometerse, de esa forma podían seguir hasta la tierra del fin, pero ellos buscaban salvarse un poco mas cerca e iban con recomendación.
Manejando inquieto y revolviendo todo lo que podía revolver con su mano derecha, encontró en la guantera un casette que decía “kind of blue”, dejo los movimientos bruscos y dio un suspiro liberador, antes de ponerlo miro un segundo hacia fuera del coche, pensó en el nombre del casette y puso la cinta que desconocía totalmente. Sintió bien la música, la trompeta de miles lo llevaba de paseo al cuarto que compartían con su hermano en la casa de Soler, sentía los fraseos como si los hubiese escuchado siempre, como si fuese su hermano quien tocaba, apoyo redundantemente su cabeza contra el apoya cabeza y la ruta se convirtió en tres falos dorados soplados por tres sultanes negros disparándole calor a sus oídos. Sin duda no tenia idea que ese primer tema que lo atrapo se llama “So What” y no “Tres sultanes dorados” como el creía que se debía llamar.
Tal, que estaba sentado en el asiento de acompañante había destrozado a mordiscones el botón del montgomery, lo tenía entre dientes y le chorreaba un hilo de baba, estaba en la misma posición desde que salieron de la ciudad. Siempre mantuvo los ojos muy abiertos y procuraba no cerrarlos, en media hora llegarían a destino, cuando pasaran la sexta estación de servicio debían preguntarle al playero por lo de Don Cornelio.
Al pasar un alguien dijo
- Cuatro, creo que van cuatro
Los ojos muy abiertos se mantuvieron callados, sabía que iban cinco y hay que parar en la próxima.
Cuando llegaron al quinto o sexto claro de cemento se escucho el aviso.
- es esta.
Siguió de largo el Renault y a cien metros clavo los frenos. No se quitaron la vista de los ojos, el auto volvió marcha atrás y al fin alguien le pregunto al playero. El playero solo asintió con la cabeza y recomendó esperar el día.
Desconfiados y más intranquilos, esperaron al costado de un surtidor carcomido por la herrumbre y el viento. Nadie fue al baño y nadie tomo café. Los ojos muy abiertos se mantuvieron muy abiertos sobre la ventanilla empañada, solamente había pedido apagar la música.
Al lado y en silencio con la cabeza contra el apoya cabeza, miraba alguien como Dos y el playero tomaban mate alrededor de otro surtidor.
Levanto la mañana, uno de los dos mateadores se acerco, apoyo el brazo sobre el techo y hablando hacia muy pausado y mirando a los dos explico el camino.
Alguien saludo las recomendaciones y en la misma posición, sin moverse siguieron camino.
No se confiaban mucho pero esa información era lo único que les quedaba.
De acompañante y con la frente pegada a la ventana helada viaja Tal, cautivado por lo hondo de la provincia de buenos aires empeñaba el vidrio con su neumónica respiración y nublando la vista veía como se agrandaba y como se achicaba su aliento en las heladas estrellas. Sobre el todo o sobre la nada, su frente ejercía cada vez mas presión sobre la ventana, mordía un botón de su montgomery y se regodeaba de lo cómodo que estaba, no le importaba la duración de lo que podía ser el viaje, creía poder permanecer sin moverse mas de diez horas.
El Renault 12 iba liviano como quien no lleva nada. No lleva nada. Iba e iba siguiendo la doble línea amarilla, surcando sin comprometerse, de esa forma podían seguir hasta la tierra del fin, pero ellos buscaban salvarse un poco mas cerca e iban con recomendación.
Manejando inquieto y revolviendo todo lo que podía revolver con su mano derecha, encontró en la guantera un casette que decía “kind of blue”, dejo los movimientos bruscos y dio un suspiro liberador, antes de ponerlo miro un segundo hacia fuera del coche, pensó en el nombre del casette y puso la cinta que desconocía totalmente. Sintió bien la música, la trompeta de miles lo llevaba de paseo al cuarto que compartían con su hermano en la casa de Soler, sentía los fraseos como si los hubiese escuchado siempre, como si fuese su hermano quien tocaba, apoyo redundantemente su cabeza contra el apoya cabeza y la ruta se convirtió en tres falos dorados soplados por tres sultanes negros disparándole calor a sus oídos. Sin duda no tenia idea que ese primer tema que lo atrapo se llama “So What” y no “Tres sultanes dorados” como el creía que se debía llamar.
Tal, que estaba sentado en el asiento de acompañante había destrozado a mordiscones el botón del montgomery, lo tenía entre dientes y le chorreaba un hilo de baba, estaba en la misma posición desde que salieron de la ciudad. Siempre mantuvo los ojos muy abiertos y procuraba no cerrarlos, en media hora llegarían a destino, cuando pasaran la sexta estación de servicio debían preguntarle al playero por lo de Don Cornelio.
Al pasar un alguien dijo
- Cuatro, creo que van cuatro
Los ojos muy abiertos se mantuvieron callados, sabía que iban cinco y hay que parar en la próxima.
Cuando llegaron al quinto o sexto claro de cemento se escucho el aviso.
- es esta.
Siguió de largo el Renault y a cien metros clavo los frenos. No se quitaron la vista de los ojos, el auto volvió marcha atrás y al fin alguien le pregunto al playero. El playero solo asintió con la cabeza y recomendó esperar el día.
Desconfiados y más intranquilos, esperaron al costado de un surtidor carcomido por la herrumbre y el viento. Nadie fue al baño y nadie tomo café. Los ojos muy abiertos se mantuvieron muy abiertos sobre la ventanilla empañada, solamente había pedido apagar la música.
Al lado y en silencio con la cabeza contra el apoya cabeza, miraba alguien como Dos y el playero tomaban mate alrededor de otro surtidor.
Levanto la mañana, uno de los dos mateadores se acerco, apoyo el brazo sobre el techo y hablando hacia muy pausado y mirando a los dos explico el camino.
Alguien saludo las recomendaciones y en la misma posición, sin moverse siguieron camino.
Relojes entre tributos y discos
Dolor en el pecho, en el cuerpo entero. En los brazos, en los gestos. La mirada perdida, dura, fija en algún punto, cualquier punto (da lo mismo).
La noche anterior: El tiempo como enemigo, como un enemigo de siempre. Queremos que se frene, que deje de existir, queremos y no nos hace caso, pasa rápido, como si alguien adelantara las agujas mas rápido que nunca, mientras hacemos el amor, una vez. Solo una vez, no hay tiempo para más. Casi no hay tiempo para besos y caricias. El reloj penetra su cuerpo. Ojala Dalí pudiera cumplir su profecía, ojala todos los relojes del mundo se derritan, se hagan tan líquidos como la transpiración que, ahora, cubre nuestros pechos, que se frotan al hacer el amor.
De pronto, silencio. Besos, un abrazo. Emociones a flor de piel. Odio. Odio hacia el tiempo, hacia el reloj, hacia Dalí.
La mañana siguiente: La cama vacía. La almohada fría, como un cuerpo muerto al que ya no vale la pena abrazar.
“¿Dónde estas reloj? ¿Dónde estas? La puta que te parió reloj. Necesito que vengas, que te recompongas, que hagas que el tiempo pase rápido. Que se vaya este dolor en el pecho, en el cuerpo entero. Que se sequen rápido las lágrimas. Que deje de mirar lejos algún punto perdido sin importancia. Necesito que vengas reloj, que me hagas bien, que me hagas sentir la velocidad de tus agujas, cortando el aire como devorando minuto a minuto, segundo a segundo, día a día. Acercándola de nuevo hasta mi, hasta mi pecho, hasta traer su pecho hasta el mío, sentir su transpiración, volver a hacerle el amor reloj…”
“¿Dónde estas reloj la puta que te parió?” “¿No te das cuenta de que la extraño?”
La noche anterior: El tiempo como enemigo, como un enemigo de siempre. Queremos que se frene, que deje de existir, queremos y no nos hace caso, pasa rápido, como si alguien adelantara las agujas mas rápido que nunca, mientras hacemos el amor, una vez. Solo una vez, no hay tiempo para más. Casi no hay tiempo para besos y caricias. El reloj penetra su cuerpo. Ojala Dalí pudiera cumplir su profecía, ojala todos los relojes del mundo se derritan, se hagan tan líquidos como la transpiración que, ahora, cubre nuestros pechos, que se frotan al hacer el amor.
De pronto, silencio. Besos, un abrazo. Emociones a flor de piel. Odio. Odio hacia el tiempo, hacia el reloj, hacia Dalí.
La mañana siguiente: La cama vacía. La almohada fría, como un cuerpo muerto al que ya no vale la pena abrazar.
“¿Dónde estas reloj? ¿Dónde estas? La puta que te parió reloj. Necesito que vengas, que te recompongas, que hagas que el tiempo pase rápido. Que se vaya este dolor en el pecho, en el cuerpo entero. Que se sequen rápido las lágrimas. Que deje de mirar lejos algún punto perdido sin importancia. Necesito que vengas reloj, que me hagas bien, que me hagas sentir la velocidad de tus agujas, cortando el aire como devorando minuto a minuto, segundo a segundo, día a día. Acercándola de nuevo hasta mi, hasta mi pecho, hasta traer su pecho hasta el mío, sentir su transpiración, volver a hacerle el amor reloj…”
“¿Dónde estas reloj la puta que te parió?” “¿No te das cuenta de que la extraño?”
jueves, 13 de diciembre de 2007
Don Cornelio y sus monos
Nada ni nadie. Solamente el cielo y algunas pocas estrellas. Abajo el campo. El campo de Don Cornelio Vargas de Aranzamendi. En realidad no era "su" campo, era el campo de su abuelo, que a su vez habia sido del abuelo de aquel abuelo y que siguiendo una tras otra las sucesiones habia llegado a ser propiedad del padre de Don Cornelio Vargas de Aranzamendi, y que ahora, era del hijo de Don Cornelio, ya que Don Cornelio estaba muerto, pero esto el no lo sabía.
Don Cornelio caminaba todos los dias por el campo, por "su" campo, que era en realidad de su hijo, pero que habia sido abandonado tras la extraña muerte de Don Cornelio. La lujosa casa que conformaba el casco del campo estaba vacía. Don Cornelio se daba cuenta de aquello, aunque desconocía la razón. Tomaba mate tras mate, sin darse cuenta de que el agua se enfriaba. Por las mañanas le gustaba caminar entre las estatuas que adornaban el jardin, junto al aljibe. Estatuas de monos, elefantes y ballenas, de sus antepasados, y de algunas otras personas que no podía reconocer. Hablaba en voz alta y decia incoherencias. Juraba al sol que algun dia volvería a buscar a Ariadna y cortaría el hilo que logró salvar a Teseo del laberinto de Asterión (Don Cornelio amaba secretamente a Asterión, porque creía que era el unico que podría enfrentarse a los elefantes y los monos).
Por las tardes intentaba pescar, pero el miedo a las ballenas del arroyo no le permitía acercarse demasiado como para sumergir su anzuelo en el agua.
Al caer la noche Don Cornelio se encerraba en la lujosa casa (cuyas ventanas habia tapiado minuciosamente) y apagaba todas las luces. Siempre había tenido miedo de los monos y de los elefantes. No de día, porque sabía que aquellos monstruos nunca se acercaban al campo bajo la luz del sol. Pero al caer la noche, Don Cornelio dejaba lo que estaba haciendo (dejaba incluso caer al suelo sus libros de Borges) y corría hacia la casa. Cerraba la puerta principal con una cadena y un candado que había comprado en el pueblo y se acostaba detras del sillón que habia frente a la chimenea. Poco tiempo despues podia empezar a oir las pisadas de los paquidermos, que de tanto en tanto se quejaban de los monos que querian subir a sus lomos para viajar mas comodos. Veia como las sombras de los monos, que intentaban romper las maderas que tapiaban las ventanas, bailaban en la sala en donde los unicos testigos eran Don Cornelio, el sillón y la chimenea.
Don Cornelio aguantaba la respiración todo lo que podía, no para no llamar la atención de monos y elefantes, sino para intentar poner fin a ese sufrimiento inexplicable que es el miedo.
Nunca lograba suicidarse. Se mareaba casi hasta perder el conocimiento, pero nunca habia logrado terminar con su miserable vida.
El ritual se repetía noche tras noche.
Don Cornelio caminaba todos los dias por el campo, por "su" campo, que era en realidad de su hijo, pero que habia sido abandonado tras la extraña muerte de Don Cornelio. La lujosa casa que conformaba el casco del campo estaba vacía. Don Cornelio se daba cuenta de aquello, aunque desconocía la razón. Tomaba mate tras mate, sin darse cuenta de que el agua se enfriaba. Por las mañanas le gustaba caminar entre las estatuas que adornaban el jardin, junto al aljibe. Estatuas de monos, elefantes y ballenas, de sus antepasados, y de algunas otras personas que no podía reconocer. Hablaba en voz alta y decia incoherencias. Juraba al sol que algun dia volvería a buscar a Ariadna y cortaría el hilo que logró salvar a Teseo del laberinto de Asterión (Don Cornelio amaba secretamente a Asterión, porque creía que era el unico que podría enfrentarse a los elefantes y los monos).
Por las tardes intentaba pescar, pero el miedo a las ballenas del arroyo no le permitía acercarse demasiado como para sumergir su anzuelo en el agua.
Al caer la noche Don Cornelio se encerraba en la lujosa casa (cuyas ventanas habia tapiado minuciosamente) y apagaba todas las luces. Siempre había tenido miedo de los monos y de los elefantes. No de día, porque sabía que aquellos monstruos nunca se acercaban al campo bajo la luz del sol. Pero al caer la noche, Don Cornelio dejaba lo que estaba haciendo (dejaba incluso caer al suelo sus libros de Borges) y corría hacia la casa. Cerraba la puerta principal con una cadena y un candado que había comprado en el pueblo y se acostaba detras del sillón que habia frente a la chimenea. Poco tiempo despues podia empezar a oir las pisadas de los paquidermos, que de tanto en tanto se quejaban de los monos que querian subir a sus lomos para viajar mas comodos. Veia como las sombras de los monos, que intentaban romper las maderas que tapiaban las ventanas, bailaban en la sala en donde los unicos testigos eran Don Cornelio, el sillón y la chimenea.
Don Cornelio aguantaba la respiración todo lo que podía, no para no llamar la atención de monos y elefantes, sino para intentar poner fin a ese sufrimiento inexplicable que es el miedo.
Nunca lograba suicidarse. Se mareaba casi hasta perder el conocimiento, pero nunca habia logrado terminar con su miserable vida.
El ritual se repetía noche tras noche.
martes, 4 de diciembre de 2007
Esta vez Solo
Si intentaba hacer la poesía de ese momento lo arruinaba, por suerte pensó y tiro su cuaderno al fuego.
Le quedaban unos tragos de agua raz o algo así en la cantimplora y después de ver como viajaban sus pensamientos a penetrar la capa de ozono se paro tambaleando. Ese silencio era lo mas bello que había sentido en años, se acordó del 60, de cuando volvía del centro como sardina hora y media por Libertador, se reía, se reía mucho camino al río, lo sentía correrle por la espalda. El río más hermoso hablaba, se daba a entender bañado de claridad armo un cigarro y se acostó en una playita llena de luna, no pensó en nada, no pensó.
Ahí cerca, agazapado, atrás de un matorral estaba el orden de las cosas, lo miro un rato y se fue a sentar cerca del fuego que todavía chispeaba, reviso un morral y encontró un poco de tabaco para armar. Armo tranquilo Orden, agarro una ramita y la apoyo contra la brasa mas grande, seguro de lo que hacia prendió el cigarrito. El humo se le escapaba mientras hablaba, solo.
Pensaba y parecía desesperado, Orden se nesecitaba pero no se encontraba, junto mas ramas y mantuvo el fuego una hora mas, pensando que seria agua le dio un trago largo a la cantimplora, le subieron dos tremendas arcadas y de bronca la lanzo contra la oscuridad. Escupió.
¿Que haría? lo tenia que matar el lo sabia, pero esa noche no, esa noche no estaba para trabajar, era para quedarse charlando al lado del fuego, nesecitaba alguien que lo escuche y lo entienda.
En la orilla, aquel que estaba medio dormido escucho chispear el fuego y pensó en echarse al lado de este, de camino al lecho mantenía esa sonrisa cómplice de el con el, de lo bien que estaba haciendo, de lo mucho que le gustaba esta vida, a la mañana volvería a lo de esa familia a comprar el botecito que le ofrecieron. El bote en si era una miseria pero nesecitaba un compañero, una o dos manos de pintura y quedaría perfecto, un extraño así seco no es lo mismo que un extraño con bote por acá, se respeta mas. Vio el fuego y se regodeo, estiro una lona a dos pasos largos y se acostó, con el brazo izquierdo y sin mirar buscaba la cantimplora que supuestamente tenia que estar donde la dejo, la comodidad le gano y dejo de buscarla. Puso sus manos bajo la nuca.
Vio las estrellas y lleno de aire el estomago,
- monos ballenas y elefantes, que estupidez .
Descansaron.
Le quedaban unos tragos de agua raz o algo así en la cantimplora y después de ver como viajaban sus pensamientos a penetrar la capa de ozono se paro tambaleando. Ese silencio era lo mas bello que había sentido en años, se acordó del 60, de cuando volvía del centro como sardina hora y media por Libertador, se reía, se reía mucho camino al río, lo sentía correrle por la espalda. El río más hermoso hablaba, se daba a entender bañado de claridad armo un cigarro y se acostó en una playita llena de luna, no pensó en nada, no pensó.
Ahí cerca, agazapado, atrás de un matorral estaba el orden de las cosas, lo miro un rato y se fue a sentar cerca del fuego que todavía chispeaba, reviso un morral y encontró un poco de tabaco para armar. Armo tranquilo Orden, agarro una ramita y la apoyo contra la brasa mas grande, seguro de lo que hacia prendió el cigarrito. El humo se le escapaba mientras hablaba, solo.
Pensaba y parecía desesperado, Orden se nesecitaba pero no se encontraba, junto mas ramas y mantuvo el fuego una hora mas, pensando que seria agua le dio un trago largo a la cantimplora, le subieron dos tremendas arcadas y de bronca la lanzo contra la oscuridad. Escupió.
¿Que haría? lo tenia que matar el lo sabia, pero esa noche no, esa noche no estaba para trabajar, era para quedarse charlando al lado del fuego, nesecitaba alguien que lo escuche y lo entienda.
En la orilla, aquel que estaba medio dormido escucho chispear el fuego y pensó en echarse al lado de este, de camino al lecho mantenía esa sonrisa cómplice de el con el, de lo bien que estaba haciendo, de lo mucho que le gustaba esta vida, a la mañana volvería a lo de esa familia a comprar el botecito que le ofrecieron. El bote en si era una miseria pero nesecitaba un compañero, una o dos manos de pintura y quedaría perfecto, un extraño así seco no es lo mismo que un extraño con bote por acá, se respeta mas. Vio el fuego y se regodeo, estiro una lona a dos pasos largos y se acostó, con el brazo izquierdo y sin mirar buscaba la cantimplora que supuestamente tenia que estar donde la dejo, la comodidad le gano y dejo de buscarla. Puso sus manos bajo la nuca.
Vio las estrellas y lleno de aire el estomago,
- monos ballenas y elefantes, que estupidez .
Descansaron.
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