jueves, 22 de mayo de 2008

Oscuridad / Contraflor/ Flor por dentro

Oscuridad.
Realmente oscuridad, pero sobre su cráneo una lamparita incandescente.
- Vamos coronel, vamos que empiezan los tangos.
Inmutable, cabizbajo, solo. Realmente solo.Un cuerpo pálido, magro y despojado de ambiciones sobre la eternidad de la oscuridad que jamás será luz u otra forma de expresión.
Los gritos sordos solamente desgarran gargantas, no se propaga en el ambiente la onda sonora, no escucha y tampoco ve, la destrucción y la ira se presentan en cosas tan simples como la indeferencia, los vidrios blindados y los zoológicos, el perro embalsamado de la fragata Sarmiento y tal vez un recuerdo de la infancia que nos deje el agridulce sabor de la remota felicidad.
Ver, no participar, no hay invitación.No pasa el tiempo, las células no se descomponen, sucede nada.
Giran las miradas sobre el cuerpo y el verdadero agujero negro que lo rodea, intentan deglutirlo o almacenarlo en la retina, para saber mas. Solo por si en algún momento desaparecen sus miserables glúteos o sus profundísimas ojeras.
Sigue estable el dulce Rocinante, allí esta, para que lo traguen y después intenten vomitarlo sin saber que sera imposible deshacerse de el.
No desaparece, vomitan infinitamente

jueves, 15 de mayo de 2008

Flor amarilla

Parado con la puerta de vidrio a sus espaldas. Admira la inmensidad de Enero y las plantas de su invernadero. No utiliza los nombres que aparecen en los libros de jardineria. Prefiere llamar a las plantas con seudonimos. Los colores de algunas hierbas lo perturban. La caída del tiempo en hojas secas lo hace pensar: piensa en seguir las mañanas con un calendario, tachando los dias con un marcador rojo. El viento muere en la puerta, del lado de afuera, del lado que conversa con el frente de la casa y el jardín de las estatuas.
Ahora (que es en realidad varios minutos despues de haber entrado al invernadero) un ruido lo distrae. Una gota golpea el techo del invernadero. El naranja del atardecer de Enero se despide, apurado por un frente de nubes grisaceas que avanzan hacia el sur. Don Cornelio cierra con firmeza la puerta del invernadero y se refugia entre las plantas. Hay de todas las formas y colores. La lluvia le gusta, le hace recordar las tardes de su adolescenia en el Botanico de Buenos Aires con Silvia. Le hace recordar las manos de Silvia cortando alguna planta y metiendosela en el bolsillo. Le hace recordar los peces carpa de la fuente. Se acuerda tambien del departamento que el padre de Silvia utilizaba como taller: el 1er piso que daba a Las Heras, a pocas cuadras del Botanico. Se acuerda ahora (que en realidad es varios minutos despues de que la lluvia empañe las paredes del invernadero) de aquella vez que esperando el 59 en Las Heras, la lluvia los sorprendiera y Silvia lo invitara a subir al departamento. Se acuerda de sus manos en la espalda, en los pechos de Silvia, entre sus piernas. Besos y fuertes respiraciones. Cuerpos mojados y desnudos que se acuestan sobre un sillón lleno de bocetos y pinturas. Un ruido lo trae nuevamente al invernadero. La puerta esta abierta. Un frio indescriptible le recorre el cuerpo: junto a la puerta ve dos monos, y casi sin querer hacerlo, mira un poco mas lejos y ve un elefante que se acerca a una de las estatuas del jardín.

sábado, 10 de mayo de 2008

Cubiculo 745-b

Se tocan sus incomodas partes, las ballenas blancas habitan lo mas profundo del ser, eso escriben los analistas preocupados por la mar caspia y castaña desterrada de convicciones propias.
- Cállate hijo de puta, cállate la boca. Mírame fijo - y lo miraba - cagon, ¿ya te measte?
Lo escupieron, lo lloraron, lo lamieron los gatos del botánico.
Se mira en todos los parabrisas, solo allí ve las nubes y los cielos.
-Capicúa
“Gran Convocatoria Gran: Obra benéfica del Señor Parodi y su mujer Doña Teresita Azucena de Azcuenaga regalara agendas para sordomudos el martes siete de junio a las 18 hs en el cruce de las avenidas 107 y Sinclair.
- 35, 36, 36, ¿nadie con el 36?, 37, 37,37 ¿en que le puedo atender?
- ¿Estos son los últimos bebes que le quedaron? a ver… ¿medio negritos no?
- Todos correntinitos, ¿vio? ¿Va a querer uno?
Una moneda de diez centavos, un boleto, tres colillas y medio cigarrillo, se ofrecen señoritas y efectivo al instante.
Aquí no paso nada, mientras me arrastro con las manos.

lunes, 5 de mayo de 2008

Medianoche

"¿Quien puede andar a estas horas por la vía del tren?"
Sentado en mi habitación escucho la bocina de un tren.
Son las 0:18am... "¿Quien puede andar a estas horas por la vía del tren?"

Algun coyote, algun extraño "ser", alguien con un libro de Sartre en el bolsillo de un sobretodo azul.

(...)Aledanas calles en donde las voces y las miradas de oscuros y nocturnos testigos se detienen o se desvian (dependiendo el caso) hacia la distancia próxima de la vía del tren.(...)

"De seguro no hay nadie en el anden" reflexiona alguien en voz baja, y remata: "¿Quien puede andar a estas horas por la vía del tren?"

"No te preocupes querida, todavía se reflejan (a contraluz) en la superficie del agua algunas hojas secas que fueron arrojadas por el viento" dice una señora de uñas largas y rojas. Luego corta el telefono y se dispone a retomar la novela. Al hacerlo piensa en voz alta: "La semana que viene voy a viajar a la ciudad."

jueves, 17 de abril de 2008

Desertores del Opio

Viajamos en un tren. Por la ventana se suceden imagenes. Causan estupor a los demás pasajeros. No a nosotros: Eternos e inconscientes desertores del Opio. Si decíamos que había nieve, había nieve. Si decíamos que había un paisaje rural: las vacas y los pastizales largando humo. Si decíamos un paisaje urbano: La estación 3 de Febrero del ramal Mitre/José León Suarez. Si deciamos Nueva York, podíamos recordar a Andy Warhol con sus caballos y sus mujeres desnudas, podíamos recordar epocas de "Sticky Fingers" de "The Rolling Stones". Pero los días de Nueva York habían pasado (esto los demás pasajeros no lo sabían ni lo habían vivido).
La sensación era como de estar caminando sobre hielo muy fino, como si en cualquier momento algo pudiera quebrarse. El paisaje urbano era el que mas nos gustaba, y el que levantaba menos sospechas entre los demas pasajeros.
Nos hubiera gustado que "el chancho" trajera música o noticias de alguna descolonización. Pero solo se paseaba por los vagones, pidiendo boletos y babeando de rabia ante aquellos que lo arrugaban antes de darselo (algunos lo hacían a proposito, otros simplemente no se daban cuenta).
Uno de nosotros decidió no desertar. Podemos recordar aún su nombre, aunque ya nadie lo pronuncia, (estuvo junto a su cara en la televisión durante meses). Los demás pasajeros tambien lo recuerdan, aunque tampoco lo mencionan para no ofendernos ni hacernos enojar.
Entre nosotros no existe la plata, mucho menos el oro. No existen ni las monedas ni los billetes. No los necesitamos. Nosotros no pagamos boletos, nosotros no hacemos rabiar al "chancho". Nosotros proponemos y disponemos. Si decimos nieve: nieve en blancos copos helados cayendo del cielo. Aquí no hay dios ni amo. Aqui no hay anarquías de ningun tipo: "El chancho" pide boletos, nosotros agregamos los paisajes, los pasajeros viajan en silencio hacia sus trabajos, leen el diario, fuman en el andén, hablan por celular y muy rara vez miran por la ventana.
Hablamos mucho entre nosotros últimamente. Recordamos viejas epocas: recordamos la plazita de "Zárraga", recordamos las cervezas en el kiosco de "Osvaldo", recordamos las "Ballenas Blancas", recordamos a Warhol, recordamos a Eugenio que decidió no desertar, etc, etc, etc.

jueves, 3 de abril de 2008

Hormigas

Estoy sentado en el andén de una estación. No puedo decirles el nombre. Nisiquiera yo lo se. ¿La razón? Estoy ciego. Sólo se que un amigo que trabaja para la empresa que administra los trenes de esta ciudad me sentó un dia en este banco del andén y me dijo que esperara a que alguien llegara a buscarme. No se si fue una broma o si lo hizo para que me sintiera menos solo, pero me dejó un reloj de arena, del cual no puedo sacar ningun provecho mas que el de su esteril compañia.
Ya han pasado semanas y nadie se acerca. Estoy seguro de que nadie, ni una persona, nisiquiera un tren vacío han pasado por esta estación. Lo hubiera escuchado. Soy muy bueno para escuchar, no solo para oír, como la mayoria de las personas, tambien soy muy bueno para escuchar.
Me gustaría que mi amigo venga a visitarme. Me gustaría mostrarle mi risa. Estuve ensayando una risa bastante irritante, pero muy sincera, como la mayoria de las risas irritantes, de esas que se hacen con toda la boca abierta y tirando la cabeza hacia atrás. En realidad me gustaría que venga alguien, cualquier persona a oirla.
No oigo nada, solo ruido de agua, y de vez en cuando una lluvia estrepitosa, pero solo de noche. De día solo escucho agua correr, como si muy cerca de donde estoy sentado hubiera una canilla abierta, el deposito de un inodoro en mal estado o un mar (pero no la costa, sino mar abierto, con un oleaje manso e inmenso).
Es dificil explicar la ceguera. Sobre todo mi ceguera, que no es una ceguera común. No es como la ceguera negra ni como el baño de leche de la ceguera de Saramago. La mia es una ceguera especial. Me dijo, mi amigo que trabaja en la boletería del tren y gusta de leer Kafka, que lo que yo describo de mi ceguera es parecido a lo que las personas videntes pueden disfrutar cuando finaliza la programación de cualquier canal de aire: una interminable lucha de hormigas blancas y hormigas negras, todas contra todas y a gran velocidad. Así es mi ceguera. Eso es lo que veo todos los dias, sentado en este anden, esperando que alguien llegue para escuchar mi risa. Ahora la ensayo, apoyo el reloj de arena en el banco para no estropearlo y ensayo mi risa. Abro la boca hasta que los labios se me estiran tanto que me producen un leve dolor, muestro mis dientes, tiro la cabeza torpemente hacia atras. Repito la secuencia durante varios minutos, intentando buscar la mejor risa, la risa que mostraré al primer visitante que tenga, sea mi amigo o sea cualquier otra persona. Ahora la lluvia, los relampagos, "debe ser de noche" pienso en voz alta como si alguien pudiera oirme. Agarro el reloj y vuelvo a ensayar la risa, cada vez mas fuerte, cada vez intento que sea mas y mas irritante. Me quedo dormido.
El calor del sol me despierta, vuelvo a escuchar el agua, ahora siento que me rodea. Agua por todas partes. Puedo sentir una presencia. Me preparo para mostrar la risa que he ensayado durante semanas. La presencia que sentía se vuelve un sonido, el sonido de unos zapatos mojados que caminan por la vía del tren. Apoyo el reloj en el banco del andén y me preparo para reirme.

miércoles, 2 de abril de 2008

Capitulo 38

Estaba seguro de que era la noche mas fría del año, no podía ser de otra forma. Decidí dejar de esperar de el colectivo y emprendí la vuelta caminando. La campera que llevaba puesta era una campera que sin duda había cambiado mi vida, los abrigos dicen mucho de las personas, y este era perfecto para mí. Me sentía capaz de caminar infinitas cuadras si me lo proponía, podría llegar a donde quisiese, caminando, solo, sin hablar, sin fumar, sin pensar. A esta altura ya estaba cruzando por debajo del puente que corta la avenida Córdoba a la altura de Juan. B Justo, por primera vez no leí la frase que tiene escrita en su borde o baranda, la barrera estaba baja y decidí esperar aunque no haya ningún tren a la vista, ningún auto me acompaña en la espera, el sonido, una luz roja que titila de circulo en circulo dentro de un mayor circulo color negro, el campaneo de las luces coloradas y la desesperación sonora de que no escuchar un tren.
No me inquiete para nada y comencé a leer carteles de viejos candidatos a elecciones pasadas, luego de eso sentí que la vía me invitaba a transitarla de un modo amistoso, note cierta ambigüedad y eso me inmovilizo, minutos mas tarde mientras intentaba hilvanar una decisión me encontré caminando a su costado, por las piedras. Cierto sentimiento de inconciencia me alegraba, me alegraba haber decidido no subirme a un colectivo, me invadía la adrenalina de ver ciertos parajes de la ciudad desde donde jamás los pude contemplar, el sonido de aviso de un próximo tren era constante y el tren no aparecía, no aparecía, tal vez me hubiera inquietado hace unos minutos pero ya no, ahora cruzaba el paso a nivel de la calle Paraguay, lo cruzaba por la vía, sobre el puente, veía los corralones de materiales totalmente deshabitados y tras ellos los lujosos edificios de la calle libertador se levantaban corruptamente inocentes, el viejo arroyo Maldonado pensé por un momento y me senté sobre un durmiente. La campana, esa estupida campana aturdía y profundamente empecé a creer que no pasaría ningún tren por esta vía, no tendría nada que hacer un tren por esta vía, no había nada para el, nada que podamos compartir excepto mi cuerpo, eso seria algo sencillo de deglutir para sus bigotes de aleación de titanio.
Camino derecho, y espero encontrar la próxima estación, comienza a clarear pero con el amanecer aparecen tres enfurruñadas nubes que asoman desde el río, empieza a llover de una manera catastrófica, la temperatura sube unos grados y me pongo la capucha, no se ve a un metro de distancia pero sigo caminando, rápidamente comienzo a pisar sobre centímetros de agua, el campaneo constante ahora es débil en comparación al sonido de las gotas enormes que caen sobre mi campera que hace un tiempo no es impermeable, sigo sin ver nada mas allá de un metro y medio, sigo caminando así por mas de una hora con la hermosa sensación de tener las zapatillas totalmente inundadas, de estar totalmente vencido por la lluvia y de seguir caminando, en ese instante pasa un locomotora en la misma dirección a la que me dirijo, el ruido es infernal, oigo que desde arriba alguien me grita algo y diviso un brazo haciendo una seña con aires desesperados.
Ahí nomás me quede, extasiado y agitadísimo, la lluvia comenzó a calmarse y eso podía ser terrible ya que no sabia con que me iba a encontrar a mi alrededor, sabia que estaba todavía sobre las vías de un tren, sabia que era inevitable que salga el sol, que estaríamos cerca del mediodía y no sabia nada mas.
Todo es claro ahora, mi ropa apesta a humedad y a las dos costados de la vía agua, nada mas que agua, la vía sigue y mas lejos se ve tierra emulando costa, emprendo mi camino y logro ver un pequeño edificio, a esta hora el sol hierve el agua y mi cuerpo comienza a pesarme mucho, el edificio parece muy lejano, pero sigo mi marcha lenta y constante, es una estación y veo a alguien sentado sobre el anden.
Al llegar a la estación, observo al hombre que esta todavía sentado sobre el anden y lo saludo, subo al anden y el hombre comienza a despedir una marea de risas agobiantes y perturbadoras. Sobre el mismo indicando el nombre de la estación, hay un cartel que dice:
“Tres ballenas blancas”.